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domingo, 15 de febrero de 2009

Abejas como humanos

ABEJAS COMO HUMANOS
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Leticia Salazar Castañeda


Llegó un momento en que mi casa era todo lo que había soñado aún cuando todos somos eternos insatisfechos. Sin embargo, tomando en cuenta lo difícil que es lograr nuestras metas: yo deseaba una casa... Después de trabajar arduamente durante unos veinte años, mi hogar se parecía mucho a lo que había deseado durante toda mi vida, sobre todo su jardín: árboles, follaje, caminitos de begonias, tulipanes, margaritas, gardenias; y en navidad florecían las noche buenas como banderitas de la paz... en fin: a mis ojos, mi jardín parecía el edén pregonado por la Biblia. Incluso yo había puesto farolitos para que jamás hubiera noche en mi jardín; además de cajoncitos aquí y allá clavados a los árboles para que en el verano anidaran las aves que quisieran compartir conmigo aquel edén, y de paso compartir mi soledad. Pero he ahí que una de las “pajareras” la ocupó un enjambre; es decir, una Reina abeja y su familia. Entonces empezaron los problemas.

Yo jamás he tenido nada en contra de las abejas, todo lo contrario: respeto su menester en la vida y por ello su hábitat. Pero resulta que ellas no respetaron el mío. Yo comprendo que las abejas no entiendan de derechos, de espacios privados, de temores humanos, de respeto a la propiedad privada, etc. Yo entiendo todo eso. Pero, ¿quién me salva de sus dolorosos guijones una vez que los insectos invaden mi jardín?

Fui y hablé con la Reina del panal para exponerle nuestra circunstancia. Le expliqué que ese lugar era una pajarera, no una colmena; ciertamente la Reina me escuchó, pero no me comprendió. Claro: la Reina, muy Reina, pero sólo era un insecto, por eso no me comprendió.

Repito que tengo mucho respeto por todos los seres vivientes de este mundo, mas un insecto es un insecto; no obstante, los insectos y yo más o menos logramos poner en claro que ese jardín era mío; aún cuando todo insecto tiene la capacidad y quizá la libertad de adueñarse de todos los espacios de la tierra, si tomamos en cuenta que en el principio la tierra no era para los humanos, nosotros llegamos después, supuestamente con los mismos derechos de toda criatura viviente.

Como haya sido, hay humanos que no podemos soportar a ciertos insectos, e insectos que no están dispuestos a respetar a los demás. A algunos podemos tolerarlos, pero otros nos son insoportables y, ¡yo le tengo mucho miedo a las abejas! Se lo dije a la Reina abejuna, se lo dije... le dije incluso que yo sabía del dolor que causa su veneno, pero también le hablé del agradable sabor de su miel. Incluso le dije que yo podía vivir sin su miel, pero no puedo vivir con el dolor de su veneno. Y quedamos de acuerdo. Sobre todo porque un insecto nada puede hacer contra un humano, el cual tiene una tecnología (pssss) maravillosa para exterminarlos; supuse que la abeja Reina había entendido el mensaje. Pues me equivoqué: la abeja siguió sintiéndose Reina en mis dominios... tenía millones de “larvas” encubadas; pero ni por sus larvas dio marcha atrás. Sus operculadoras, esclavas y zánganos andaban por mi jardín, como “Juan por su casa”.

Empecé a poner trampas, muros, alambradas para que me dejaran en paz, ya que se bebían mi agua, usaban mi teléfono, se comían todos los frutos de mi jardín y de paso no me dejaban descansar con su zumbido, el cual me obligó a mantener cerradas puertas y ventanas; pero ellas siempre encontraban resquicios por dónde introducirse en mi vida íntima. Yo me dije: ¿acaso tendré que matarlas? Los medios para exterminarlas no me faltaban, pero sabía que la solución no era ésa ¿cuánto tardarían en llegar otras? Además, eso de ir por la vida matando insectos no lo considero aceptable, ya que destruiríamos nuestro propio ecosistema. Y Considero que cada una de nuestras acciones debe tomarse en cuenta en el sentido universal; es decir: si hipotéticamente yo mato un enjambre estoy admitiendo que todo ser humano tiene derecho a matar un enjambre; si yo lastimo a un niño, o robo o asesino estoy aprobando que cualquiera tiene el derecho de hacerlo ¿Qué podía hacer entonces?

Así pasaron los años hasta que me hice vieja, y las abejas iban y venían por mi jardín. Ya vieja no pude trabajar y, como es normal, me llegaron las enfermedades... ello me obligó a vender mi casa, era demasiado grande, ya no podía mantenerla limpia mucho menos podía atender mi jardín. Hoy vivo en un departamentito situado en un cuarto piso en el que sólo puedo tener macetas con flores en la ventana, mas ahora tengo la ciudad como jardín, desde aquí diviso los millones de abejas merodeando entre los transeúntes para inyectarles su aguijón.

En ocasiones me veo obligada a quitar mis flores de las ventanas y mantener éstas cerradas. Entonces, mis flores y yo, quedamos a aisladas y a oscuras, mas es la única forma de librarnos de los insectos, en este caso las abejas.

lunes, 17 de noviembre de 2008

▒Guillermo Romo De Los Reyes

Algún imbécil
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Guillermo Romo De Los Reyes
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Después de un arduo día de trabajo, Estela abordó un taxi para ir a su casa; al llegar, bajó y cerró la portezuela del coche, pero demasiado tardo se dio cuenta de que había olvidado su teléfono celular en el asiento; entró a su casa echando chispas del enojo, su esposo, al verle la cara, pregunto:
- ¿Por qué estas tan enojada?
- Olvide mi celular en el taxi, de seguro algún imbecil ya lo debió haber tomado
En esos momentos entró a la casa su hijo de dieciocho años, sosteniendo un artefacto en la mano y mostrando una gran sonrisa mientras decía:
- mira mamá, algún imbecil olvidó su celular en taxi que me trajo.
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Poeta
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El mendigo es un mudo con las comisuras apagadas
Mi escuchar y mi boca aprenden a mirar sin miedo
tocando la denudez
Sólo tengo estas letras prostitutas
que se pasean por mi lengua
las entenderé como a un lodazal:
que su fango no entinte los pies de otros
y no enmudezca los cantares de la tierra
¡Arquera palabra!
apuñalame si no hay cielos corruptos cubriendo mi espíritu.

jueves, 16 de octubre de 2008

▒Guillermo Romo De Los Reyes

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¿Soñando?
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Álvaro Alvarado Álvarez, se econtraba frente a su ordenador; había finalizado el libro que tardó años en escribir, se podía respirar la felicidad que emanaba de su computadora; había sido tiempo arduo pero al fin lo había conseguido: beber el sueño de su vida. Después de todo, no siempre un joven de 18 años puede escribir un libro;así que se sentía como fiera liberada después de muchos años. Presentó su libro a su hermana Griselda para que le diera su opinión, tres días después su hermana le dijo: ¡es una aberración!, Álvaro volvió a la computadora y cambió el final de su historia, a lo que su hermana dijo: - esta mejor, pero puede mejorar-. De nuevo el futuro escritor cambió el final. Entonces Griselda le acondejó que la muerte de la protagonista debía ser más trágica, pues era lo más debíl de argumento, incluso le dio tres o cuatro maneras de matarla.
A la mañana siguiente, Álvaro Alvarado Álvarez fue a la habitación de su hermana para mostrarle cómo había cambiado la forma de morir de la protagonista. Griselda yacía sobre su lecho con el cuello reventado y la sangre cubriendo casi todo su cuerpo...
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Detrás del negro.
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Guillermo Romo De Los Reyes.
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Juré no regresar a la oscuridad
pero al estar en ella
es fácil ocultarse en su espinazo
¿los recuerdos me dejaron ciego?
Sólo se que penumbras ocupan mis venas
como cuervos indagando en mi fantasma
Un suspiro me mantiene vivo
En la oscuridad se nace con facultad de vivir
mas no de crecer
Cuando intento elevarme hay un fulgor de frente
un segundo después
retorno al negro que me ilumina.
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▒Margarita Ruíz


Destiempo

Yadira Margarita Núñez Meneses



En un cuartucho de paredes desgastadas, una araña desciende cautelosa de su elástico sedal acechando, con sus cuatro pares de ojos, a la posible presa: una mosca que zigzagueaba sobre una cama sucia y distendida. En una esquina de la habitación, sobre una mesa de madera roída, hay un pan mohoso cuyas migas esparcidas por el piso son robadas por un enjambre de insectos que a paso marcial avanzan en fila hasta perderse en un orificio entre la pared. Una palomilla vuela alrededor de un foco, quemándose cada vez que lo toca, pero no cesa su intento de llegar a la luz.
Sin advertir el espectáculo artrópodo, Rufino divagaba, con la vista perdida en lo profundo de una mancha freudiana, trazada por el abandono y la humedad, sobre el muro. El tiempo parece suspendido; el reloj, que cuelga muerto sobre la pared, marca siempre la misma hora.
El sol es devorado por los edificios de la urbe. La noche surge tan oscura que la misma luna teme aparecer.
Por afuera de la ventana se alcanzan a escuchar voces de borrachos que emergen de las fauces de una cantina, con sus cerebros digeridos por la saliva de caña.
Rufino sigue en su letargo.
Se escuchan pasos fuera del edificio, inadvertidos para Rufino, como ese día en que fue feliz y su memoria no recuerda.
Su rostro de pronto se tensa haciendo sus facciones disformes, como si un espectro de lo más profundo de los infiernos se le hubiera aparecido frente a frente. La faz de Rufino se pone sudorosa y se frota las manos mientras camina de un lado a otro tropezando con la basura diseminada por el piso. Una pestilencia impregnaba el ambiente; no se sabría si era la rata muerta detrás de la estufa, el alimento echado a perder dentro del refrigerador en desuso por falta de energía eléctrica o la combinación de ambos. El hombre se derrumba sobre la silla que esta frente a la cama, se inclina hacia delante, pone los codos sobre las piernas y descansa su rostro entre las manos, ocultándole sus pesadillas a un espejo roto, que descubría observándolo cada vez que volteaba a verlo.
De pronto, Rufino, como un resorte se alza de su asiento y levanta el colchón de la cama recorriendo la base con la vista; mas al parecer no obtiene lo que busca y deja caer el colchón en su lugar. Luego va hacia el buró situado en un extremo de la cama y abre el primer cajón, toma al vuelo los objetos que contiene y los arroja al piso con furia; hace lo mismo con los cajones restantes, el último que tampoco contiene lo que busca, es arrojado contra la pared con tal fuerza que la araña deja de devorar a su presa para huir despavorida y desaparecer en un orificio del muro. Rufino lanza una especie de alarido y se jala el cabello como si quisiera arrancárselo. En eso mira el refrigerador, sus ojos se iluminan, su garganta emite un ruido como el graznar de los cuervos, al parecer un intento de regocijo. Se dirige remiso hacia él, sus pasos son vacilantes y torpes. Abre el cajón legumbrero lentamente, una paloma pasa por su ventana algo lerda, golpeando el vidrio, Rufino se estremece y su piel se pone de gallina. Mete la mano al cajón
Sus ojos se iluminan y en su rostro aparece una mueca retorcida. Toma un pequeño revolver y percatándose de que esta cargado lo guardó en la bolsa derecha de su chamarra. Sale de la habitación. Baja rápidamente las escaleras hasta el primer piso, se dirige a la puerta principal sobreprotegida con tablas horizontales, saca primero la cabeza y al ver la calle desierta sale del edificio. Camina apresurado volviendo constantemente la cabeza. Con la mano en la bolsa de la chamarra, aprieta el arma con fuerza.
Así cavilaba mientras se dirigía a su destino, miraba a las personas a su alrededor y sentía que lo culpaban por un delito que aun no sucedía, pero que había cometido muchas veces en su cabeza. Su pie derecho trató de regresar, pero su pie izquierdo siempre fue más fuerte y no lo dejó.
Sólo quedaba una calle para llegar al negocio del prestamista. Los segundos se volvieron horas, todo parecía ir en cámara lenta. Apretó con más fuerza la pistola, como si sostuviera su vida en ella. Al bajar la banqueta para cruzar la avenida un rechinar de llantas sobre el pavimento lo hizo salir de su reflexión. Un Mustang negro pareció salir de la nada. Al verlo, Rufino sonrió y extendió sus brazos como queriendo abrazarlo. El auto lo golpeó tan fuerte que lo hizo volar por los aires. Rufino cayó a mitad de la calle; ahí quedó bañado en sangre y con el cráneo destrozado…
Lo último que vio fue al prestamista salir de su negocio, cerrando la puerta tras de sí y llevando una bolsa de lona bajo el brazo.



▒Ángela Rosas


ÁNGELA ROSAS

LABOR LITERARIA:
  • Miembro activo de la Sociedad de Escritores de Durango, A.C.
  • Maestra Normalista con Licenciatura en la UPN. Colaboradora en diversos Periódicos y revistas
  • Directora fundadora del a Revista “Tay Xibcam -Fuego Nuevo”
  • Directora Fundadora De La Revista Cultural Sindical “Nosotros”


  • Directora fundadora de la Revista “Renovación” de la Del. DI-IV de jubilados y Pensionados de la Sección 12 del SNTE de 1997 a 2007
  • Colaboradora editorialista de la Revista “Actualidades Femeninas” de 2002 a 2005 Correctora y Colaboradora en el libro de “Leyendas de Durango”, Vol. 5

  • Recopiladora y Participante en la Antología Poética de Maestros Jubilados y Pensionados “Inspiración en el Ocaso”

  • Participante en el Libro “Durango, voces en Lontananza” del 1er Certamen Literario Cecilia Ramírez Piña” 2003 en la categoría de Crónica

  • Sus Cuentos han sido publicados en las antologías “Juan Soriano en Durango” y “La Cópula de las Cigarras” de Guillermo Samperio.

  • Colaboradora en el Poemario “Poesía Viva, Poetas vivos”

  • En la Semana de las letras del IMAC en diciembre de 2007 presentó la novela “Los Fragmentos de Cristal”

PREMIOS:

  • Primer Lugar en el Concurso de Calaveras Organizado por la Casa de la Cultura 1987
  • Tercer Lugar en el Concurso Estatal de Ensayo “Testimonio de la Labor del Maestro”, en el Edo de Zac. Diciembre de 2001
  • Primer Lugar en el Concurso Estatal “Creando Historia Para Jóvenes” organizado por el ISSSTE en 1996
  • Primer Lugar en el Concurso Estatal “Creando Historia Para Jóvenes” organizado por el ISSSTE en 1997
  • Primer Lugar en Cuento en el Concurso del ICED Tonalco1999
  • Mención Honorífica en el Concurso Nacional Cómo Aprendí a ser Maestro organizado por el SNTE en Noviembre de 2000

  • Primer Lugar Nacional de Literatura en los XX Juegos Nacionales Culturales de los Trabajadores Ricardo Flores Magón 1998


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ROJO ES EL JUEGO
Ángela Rosas



Casi oscurece, la plaza de armas está llena de gente como cada domingo; sin embargo, en la esquina suroeste se empieza a caldear el aire; algo flota en el ambiente, los niños pequeños que juegan cerca se alejan de él al otro extremo, quizá guiados por su instinto. Grupos de jóvenes empiezan a reunirse. La mayoría viste con cierta peculiaridad, pantalones negros de mezclilla; negras también son las playeras, de modo que los uniforman; el motivo grabado en el pecho varía, esqueletos, calaveras, flamas encendidas, motos, siluetas de cantantes famosos, frases irreverentes; puede leerse en sus torsos. Cabelleras largas, en hombres y mujeres, algunos lucen el pelo en crestas de color verde, naranja, rojo.

Un grupo de adolescentes se ha apartado hacia la fuente y se tiran sobre el cuidado pasto que la rodea; sus melenas les cubren el rostro. Muchachos y muchachas ambiguos, con un toque de feminidad indefinible pero de apariencia frágil y cuidada.

El sol se esconde cumplido su horario como cualquier burócrata cansado. Las nubes pasan a tonos violetas que desaparecen en el horizonte hasta perderse en el azul oscuro de la noche. Las luminarias bañan de luz los rostros de los jóvenes en cuyos cuerpos empiezan a brillar metales, anillos enormes en los dedos, pulseras con picos en las muñecas, navajas de muelle en las manos.

Maten a un emo, se escucha como un rumor.

Los que agreden son casi niños. Muecas de odio distorsionan los rasgos adolescentes. Van hacia el grupo unisex que se refugia entre los arbustos y la fuente.

El ataque y la desbandada empiezan al mismo tiempo. Con desgano, los frágiles huyen. Los persiguen en desproporción numérica, cada uno es seguido por una o dos decenas de atacantes.

Los acorralan contra los muros de cantera de los edificios que enmarcan el cuadro de la plaza, empiezan a patear, a golpear. Gritan como salvajes.

Un adolescente de playera rosa y pantalón entallado es el primero en caer. Se escucha su gemido. Aquí estoy, mátenme, eso quiero. Como enjambre, lo cubren de golpes un montón de muchachos vestidos de negro.

Hace poco que han dejado los juguetes y su instinto lúdico retorna para convertirlos en bárbaros. Armados con picos y artefactos punzantes dan estocadas y golpes a los indefensos del otro grupo que tratan de cubrir su rostro con resignada calma.

Las camisetas sudadas se les pegan como segunda piel, salpicada de sangre. Nadie toma ni un segundo para recuperar el aliento.

Llegan más en oleadas, sin dar tregua a los que se han convertido en víctimas. Atacan en espiral diabólica, golpeando, destrozando, buscando sangre.

Los paseantes que han presenciado la pelea llaman por celulares a la policía. Varias patrullas llegan derrapando y hacen despliegue de fuerza con luces y sirenas. La plaza de armas se impregna de irrealidad. ¿Están dentro de una película de acción? Otros de los perseguidos caen, todos contra ellos, patadas, golpes y maldiciones. Los uniformados propician la desbandada. Atrapan a muchos pero como si estuvieran cubiertos de sustancias resbalosas, se les escapan, no pueden subirlos a las patrullas; no obstante, pronto llenan los vehículos con esas escurridizas criaturas que semejan sardinas al través de las ventanillas.

Una joven menuda y esbelta, vestida de negro, con dos pearsings, -aretes- en el labio inferior, choca con un joven que carga mochila y guitarra; lo mira al través de la cortina de cabello semejante a alas de cuervo que cubre su rostro infantil. Sin mediar palabras, lo besa en la boca. Luego se aleja como el resto de jóvenes que corren para escapar de los policías.

Siete adolescentes ensangrentados y semi inconscientes, son recogidos en ambulancias de la Cruz Roja. Los demás desaparecen por las calles entre el saturado tráfico del cierre de los comercios aledaños.